ALIMENTACIÓN INFANTIL

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Una correcta nutrición en las primeras etapas de la vida favorece un adecuado desarrollo tanto físico como intelectual.
La alimentación es básica para el crecimiento de los individuos, ya que una correcta nutrición favorece un adecuado desarrollo tanto físico como intelectual y una buena salud en edad adulta.
La obesidad, la diabetes, la hipertensión pueden tener su inicio en las primeras etapas de la vida, en las que parece que habría una modulación de algunas vías metabólicas en función de los nutrientes que forman parte de la alimentación. En la infancia es prioritario evitar fenómenos de malnutrición, tanto en el sentido del defecto como del exceso con la ingesta de alimentos, y también es necesario combatir el creciente sedentarismo, fomentando la práctica de algún tipo de actividad física.
Otro dato relevante tanto en niños como en adolescentes, el desayuno es la comida del día que menos interés despierta y que en más ocasiones se suprime.
La influencia de la dieta en la infancia es transcendental y cualquier carencia o desequilibrio mantenido en el tiempo tendrá repercusiones en el individuo.
Existen diferentes etapas evolutivas con características específicas en cuanto a necesidades nutricionales des de la lactancia.

Durante los dos primeros años de vida, la dieta debe basarse en la lactancia materna, por lo menos los 6 primeros meses, y después en las leches de continuación, otros lácteos con ellas preparados y la introducción gradual de alimentos. En esta etapa se da un rápido crecimiento que será monitorizado por el pediatra, para confirmar que la alimentación está cubriendo todas las necesidades nutricionales del pequeño. En este período existen unas recomendaciones importantes a tener en cuenta. La dieta debe ser adaptada al momento de introducción de los alimentos, con una adecuada textura para el nivel de madurez en cuanto a la masticación, evitando la introducción de dulces, golosinas y bollería y manteniendo el uso de leches adaptadas y derivados lácteos de continuación (hasta los tres años).
Entre los tres años se inicia una etapa de socialización. Los pequeños empiezan a participar en las comidas familiares. Se deberá trabajar la introducción de nuevas texturas y sabores, sin forzar al niño potenciar la manipulación de los alimentos e intentar que pueda incorporarse al ritmo de comidas familiares. Todos los grupos de alimentos deben estar presentes en su alimentación. La ingesta diaria debe repartirse en 4 o 5 tomas, y se recomienda una ingesta de 3 a 4 raciones de leche y derivados lácteos como el yogur.
A partir de los cuatro años el niño o niña empieza a manifestar su mejor aceptación o rechazo por algunos alimentos, como parte normal de la expresión de su anatomía. Pueden aparecer conflictos con algunos alimentos con lo que es muy importante crear un ambiente positivo a las horas de las comidas. En esta etapa hay que poner especial énfasis en la educación nutricional en el ámbito familiar, ya que es el seno de aprendizaje de los niños y donde el ejemplo de los padres valdrá más que las palabras. En la dieta preescolar, de los cuatro a seis años, se recomienda mantener al máximo la variedad de alimentos, consumir las 3 o 4 raciones de lácteos y asegurar la presencia de alimentos como pescado, las legumbres, las frutas y las verduras.
Es necesario continuar insistiendo en la importancia de un buen desayuno a base de lácteos, fruta y cereales, y de una merienda saludable, evitando bebidas azucaradas y bollería en pro de zumos naturales, fruta y bocadillos. En este período también es el momento de educar en el buen uso de los cubiertos y en los buenos modales en la mesa.
De los seis a los doce años los niños continúan creciendo y se empiezan a observar algunas diferencias entre niños y niñas, que se acentuarán en la adolescencia. En esta etapa suele haber un aumento del apetito y un grado de actividad física variable. Por eso conviene ajustar la ingesta de energía a las necesidades básicas, pero también al ejercicio físico que realice cada individuo. Los conflictos con las comidas, si los hay, suelen ser menos intensos, aunque por supuesto siguen existiendo preferencias o aversiones. Es una época en la que puede aumentar el consumo de alimentos con gran contenido calórico y pobres en nutrientes, como pueden ser las golosinas, los dulces, la bollería, las bebidas refrescantes azucaradas, los aperitivos tipo snacks, etc. Por ello conviene procurar que se mantenga su consumo ocasional. El desayuno sigue siendo prioritario y, dado que la mayoría de niños realizan la comida del mediodía en el colegio, la cena debe aportar una composición complementaria para conseguir así una dieta equilibrada. En cuanto a los lácteos, es conveniente mantener la ingesta de al menos tres raciones al día, y no es necesario consumirlos descremados, de no ser que haya una justificación para ello. A partir de estas edades conviene evitar el sedentarismo, y habría que ajustar la ingesta de calorías en función de la actividad física que lleve a cabo cada niño o niña, siempre teniendo en cuenta que el balance energético debe ser algo positivo, para favorecer un pequeña reserva que será necesaria para el desarrollo puberal.
Este camino recorrido hasta llegar a las puertas de la adolescencia es de vital importancia para instaurar buenos hábitos alimentarios y disminuir el riesgo de problemas como la obesidad. El niño que en la infancia presenta ya problemas con el peso tendrá muchas más posibilidades de seguir así en el futuro, con las consecuencias de salud que conlleva.
Las cifras crecientes de obesidad son preocupantes, y se ponen de manifiesto en todo el mundo, en Europa, y en España, y algunos de estos niños y niñas presentan también trastornos metabólicos, cosa que hace que tengan un elevado riesgo de morbilidad temprana, La alimentación debe proveer los nutrientes necesarios para el desarrollo del individuo pero también debe ser comprendida en su contenido social y gastronómico para invertir estas tendencias y obtener el mejor de los posibles resultados.

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